El Mayo francés de 1968 a cincuenta años vista
Hay ciertos momentos históricos de la Edad Contemporánea y el Tiempo Presente que resultan atractivos para los historiadores, periodistas, intelectuales, etc., desde el mismo momento en que se producen, como si se percibiera la estela que están llamados a dejar. Generalmente tienen que ver con las grandes movilizaciones socio-políticas: la Revolución Francesa (con especial atención a Napoleón), la Revolución Rusa o la Guerra Civil española son casos paradigmáticos. El impacto se puede medir a través de la producción bibliográfica, sea académica, ensayística o en los medios de comunicación. En estas ocasiones, el paso de tiempo no ha hecho desaparecer la preocupación de los investigadores que plantean diversas interpretaciones sobre su significación o trascendencia, o aportan nuevos datos a las tramas históricas, con novedosos enfoques, preguntas y fuentes. En su justa escala, pero eso es lo que ha ocurrido también con el icónico Mayo de 1968 y el ‘68 estudiantil en general. Sigue siendo un tema recurrente en medios de comunicación y publicidad, en libros de texto o en debates públicos.
Mayo de 1968 representa una “anomalía” en el mundo salido de la II Guerra Mundial: crítico con Occidente y el capitalismo, se equidistancia igualmente del Este y el socialismo de Estado; es un brote de los hijos satisfechos e ilustrados de la sociedad francesa. Pero también forma parte de un ciclo cultural y una ola contestataria más amplia, que a su vez se engloba dentro de los movimientos pro derechos civiles.[i] Fue la hora de los líderes estudiantiles (generalmente varones aunque ellas estaban allí), de las protestas masivas en los campus universitarios, de las contestaciones globales, del retorno a la politización activa de la juventud, de conflictos generacionales y contraculturales. Lo personal y lo político eran indisociables. Y todo esto se registró a lo largo del tiempo y del espacio. Antes que París, estuvo Berkeley y el Free Speech Movement (FSM); después, México y la matanza de Tlatelolco.[ii] Y en las dictaduras ibéricas, la contestación universitaria existía desde mucho tiempo antes y se mantuvo con posterioridad.[iii] Sólo en 1968 y 1969 se vivieron sacudidas estudiantiles serias en más de medio centenar de países.[iv] De algún modo, aquel fenómeno hermanaba a los estudiantes de todo el planeta intercomunicados a través de los mass media y otorgándoles un protagonismo desconocido hasta la fecha. Se trataba de una nueva cultura global, llamada a sustituir viejas concepciones decimonónicas.[v] 1968 fue su símbolo.[vi]
Desde esta perspectiva, Mayo de 1968 es un episodio más en la lucha universitaria de los “sestenta”. Pero no cualquier episodio: ocurría en plena Europa, en uno de los países más poblados, referente indiscutible de las virtudes del sistema demoliberal, en una etapa de crecimiento económico, provocó una crisis política de Estado… Barricadas en París es, desde la Revolución Francesa, sinónimo de interés mediático. 1848 ó 1870 así lo confirmaron.
La espectacularidad de los acontecimientos franceses del año 1968, con profusas imágenes incendiarias, barricadas, ocupaciones de edificios públicos, choques con la policía, elocuencia e imaginación retórica, creatividad artística, llamamientos masivos del presidente de la República Charles De Gaulle, sustitución del primer ministro George Pompidou etc. eran elementos más que suficientes para que se convirtiera en un “éxito de taquilla” inmediato. Y de ahí a mito apenas pasaron unas horas. Era lógica su capacidad de seducción e influencia. Inmediatamente se diseccionaron los hechos, minuto a minuto; se dibujó la crisis universitaria primera; se ahondó en la fractura social y se radiografió la crisis política siguiente. En poco tiempo parecía saberse todo lo que entonces se consideraba fundamental del asunto. Se sabe mucho, efectivamente, y hay mucho escrito y publicado; ahora toca saber diferente.
50 años son una conmemoración óptima para reflexionar, sin dejar de aportar nuevas ideas o datos. Así, el dossier refleja los avances realizados en las investigaciones desde los últimos años. A diferencia del sistema archivístico español, en el francés (como el portugués) es fácil consultar los archivos de la Policía para estudiar el Tiempo Presente, lo que permitió desde hace años conocer mejor su pasado. En el postmodernismo no se ha renunciado a la información archivística, si bien es cierto se han ampliado los objetos de estudio y los recursos con los que se trabaja. Como suele ocurrir, en realidad no hay una sustitución de paradigmas historiográficos sin más: los enfoques más clásicos cohabitan con los más modernos, cada uno arrojando luz con diferente foco. Esto es lo que refleja el dossier, donde varios historiadores, todos especialistas en sus respectivas áreas, se acercan a Mayo de 1968 o al ‘68 en general, en sentido amplio, con propuestas siempre complementarias.g
El trabajo de Christian Delporte es una excelente muestra del tipo de historia que se escribe hoy, más atenta a las cuestiones relacionadas con la construcción del discurso y la elaboración de las representaciones, con el análisis de los significados. A través del estudio de uno de los eslóganes más repetidos, «CRS = SS», se evalúa la importancia de las representaciones en el movimiento estudiantil de mayo de 1968, subrayándose la relevancia de la imagen más allá de los contenidos de los discursos o de los hechos acontecidos. El uso de la imagen del policía de la CRS cargando con su porra, su casco y escudo es inseparable del mayo de 1968. Tal fue su impacto en la cultura simbólica que su empleo se popularizará desde entonces, pese a que la imagen no había nacido en 1968 ni era muy rigurosa con los “hechos acaecidos”; su empleo en medios publicitarios recientes alude a la repercusión social que sigue teniendo la representación gráfica y el eslogan. Es un lugar común referirse a la importancia de la actividad creativa durante el Mayo del 68, especialmente a través de la cartelería, la creación artística, fílmica o la música, cuestiones todas ellas a la que el cine o la literatura le han prestado atención.[vii]
Significativamente, también el trabajo de Rigas Raftopoulos se interesa por el papel del lenguaje y la representación, en esta ocasión para conocer el caso griego durante la dictadura de los Coroneles por medio de los carteles, considerados una forma peculiar de la comunicación estudiantil. Aunque Grecia tiene un 1968 particular, muchos elementos de referencia son idénticos a los de los países vecinos. Especial importancia tuvieron, en este caso, las conexiones con Italia debido al exilio o la emigración de muchos helénicos al país alpino.
Numerosas de las preocupaciones de los estudiantes universitarios más inquietos eran compartidas por sus compañeros de otros países; existía una atmósfera de valores postmateriales (y políticos) que embriagaban a los activistas y con los que se identificaba la generación.[viii] Estos valores morales antitéticos hicieron de argamasa de la acción social: antiautoritarismo, anticolonialismo, antiburocratismo, anticapitalismo, liberación individual, etc. Por eso son temas que aparecen con independencia del país y que unen con un hilo invisible las diferentes expresiones de la cultura de la protesta de aquellos años. Este es el marco exacto en el que se insertan los núcleos más comprometidos; y fueron los que elaboraron los discursos, confeccionaron revistas, carteles y eslóganes. No hubo conspiración mundial de estudiantes: lo que hubo fue una cultura transnacional compartida y unos actores dispuestos a actuar.[ix]
Se hacía imprescindible, por lo tanto, un trabajo de carácter general para encuadrar de manera correcta la cuestión específica del “Mayo”. El texto de Gerd-Rainer Horn retrata claramente la complejidad de las bases intelectuales sobre las que anduvo el movimiento estudiantil mundial en 1968, que se situaba en la esfera de la nueva izquierda.[x] Se trata de un trabajo necesario para ubicar en su lugar preciso el fenómeno mundial con el que se asocia el simbólico año, como otrora 1848. Se trató, en palabras del autor, de un «‘momento transnacional de cambio’ muy inusual, si no único».
Para estudiar el caso español y determinar el influjo que el mayo francés pudiera haber tenido, se establece en primer lugar un cuadro muy preciso que reconstruye la historia inmediata del movimiento estudiantil español. Sergio Rodríguez Tejada demuestra lo avanzado que se encontraban los universitarios en términos políticos (organización y cultura). Los discursos revolucionarios antecedieron a la primavera francesa, que tampoco pasó desapercibida en España, aunque en este caso existían elementos locales específicos que explicaban la revuelta desde años atrás. Pese a ello, las protestas en el país galo (estilos, retóricas, imaginarios) prendieron también en la vanguardia estudiantil española. En esta última cuestión se centra mi texto sobre los impactos culturales y las consecuencias políticas que tuvieron los repetidos acontecimientos: se concreta la recepción y estudia una de las acciones simbólicas de aquellos días, la ocupación del Colegio de España en París durante el mes de mayo y sus consecuencias. Como colofón a esta influencia, en los meses posteriores al verano del 68, en España se popularizaron los “juicios críticos”, se incrementó la radicalidad en los discursos y en las acciones, etc. Un testigo de lujo, como Mariano Peset, recordaba aquella coyuntura:
«Pero en estos últimos años la lucha cambió de sentido, el sindicato libre empieza a debilitarse: la última reunión preparatoria del congreso sindical fue en Sevilla –febrero de 1968. La fuerte represión de la dictadura hacía imposible el sindicato democrático […]. No fueron ajenos el mayo francés –la primavera de Praga o Tlatelolco-, y otros movimientos europeos de izquierdas que querían un cambio más radical en la sociedad, aunque no precisen bien la meta o se tiñan de utopía… Los estudiantes, en sus variadas y generosas propuestas, quieran una profunda transformación social de la dictadura. Grupos anteriores o nuevos van a romper la estrategia unitaria sindical. El partido comunista, que había sido elemento esencial en la lucha escolar por un sindicato libre, sufre el desgajamiento en numerosos grupos menores, más radicales: trotskistas, maoístas, pro cubanos – [y] por su lado [los] anarquistas. […] Los planteamientos ya no se limitan a la Universidad, sino son más radicales y amplios».[xi]
Verdaderamente se puede decir que a partir de 1968 se iniciaba una nueva fase en la historia del movimiento estudiantil antifranquista, la de la atomización: en ella la descomposición del Sindicato Democrático, la represión franquista y las influencias internacionales dieron lugar a un panorama completamente desconocido hasta la fecha, que abría el camino, tortuoso, incierto e indirecto, hacia el final de la dictadura y los inicios de la democracia.[xii]
Siempre habrá debate sobre la aportación del movimiento estudiantil en los sesenta, más allá del aquel u otro caso concreto. Pienso que, al margen de las conquistas específicas, la función del movimiento estudiantil ha sido la de crear unos espacios de reflexión y participación; fueron escuelas de democracia, con todas las limitaciones que se quiera. Educaron a toda una generación en la normalización de conceptos políticos, de prácticas democráticas a nivel de base; dilataron los estrechos horizontes que suelen presentar las Universidades en algunos momentos de la historia.[xiii] Estas variables culturales y de prácticas de participación cívica son uno de los objetivos del Proyecto Ortodoxias y rebeldías. La pluralidad de intereses en la convergencia peninsular hacia Europa (1961-1986) (ORYRE), del Ministerio de Economía y Competitividad. (HAR2015-65909-R) que pretende clarificar las bases sociales y culturales de actual sistema de convivencia política a escala europea. El presente monográfico es una iniciativa de dicho proyecto ORYRE.
Alberto Carrillo-Linares (Ed.)
Universidad de Sevilla
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