Organizado por el CIHDE en el marco del proyecto Mineco HAR2012-34132, en esta pasada primavera se celebró en la UNED el seminario de investigación «La reconstrucción de las organizaciones socialistas durante la Transición. Una perspectiva territorial, 1975-1982», donde se repasó la desigual evolución que siguieron en estos años las organizaciones socialistas en los distintos territorios que conforman el Estado español. Cinco de las ponencias que se presentaron en el mismo son las que forman este expediente que ahora publica Historia del Presente. Se pretenden explicar los factores que llevaron al PSOE liderado por Felipe González a hegemonizar la representación política del socialismo moderado en la España de la Transición, en apenas dos años y medio, después de competir electoralmente con otros grupos y partidos que también se presentaban con la etiqueta de «socialista» o «socialdemócrata» en vísperas de las primeras elecciones celebradas a mediados de 1977. No lo tenía fácil, porque, como bien ha escrito Abdón Mateos, en el momento de la muerte de Franco dentro del «laberinto» socialista había hasta cinco opciones alternativas de ámbito nacional. Además del PSOE «renovado» estaba la fracción del partido escindida en 1972 y que se presentaba como el PSOE «histórico» y junto a estas dos el Partido Socialista Popular (PSP) de Tierno Galván, la Federación de Partidos Socialistas (FPS), estrechamente vinculada en algunos territorios a la Unión Sindical Obrera (USO), así como el más minoritario Partido Socialista Democrático Español (PSDE).1 En nuestra opinión, fueron cuatro los factores principales que llevaron al PSOE de Felipe González a conseguir en las dos elecciones de 1979 –las generales y las locales– un poder parlamentario y municipal como nunca antes había tenido en sus cien años de historia, ni siquiera en los de la Segunda República.
El primer acierto de los dirigentes del PSOE «renovado» fue la apuesta decidida que hicieron por unas siglas que otros vieron como ancladas en una pasado histórico ya superado pero que la realidad mostraría que permanecían bien presentes en la memoria histórica de los españoles, en las viejas y en las nuevas generaciones. Fue un compromiso asumido por los líderes sevillanos y vascos que se auparon a la dirección del partido en el congreso de Suresnes en la creencia de que la fidelidad a las siglas históricas era un capital político no mensurable, pero cargado de simbolismo que había sobrevivido a los cuarenta años de la dictadura franquista.2 Esta profunda convicción quedó ratificada en el congreso celebrado a finales de 1976, cuando el PSOE todavía no se había legalizado, al aprobarse una resolución en la que se establecía que el partido afrontaría con su nombre histórico las primeras elecciones que se convocaran.
En segundo lugar, es evidente que la resolución del pleito del reconocimiento por la Internacional Socialista en favor del PSOE «renovado» el 6 de enero de 1974, en detrimento del PSOE «histórico» y del PSP, también fue un factor que jugó un papel fundamental, no solo porque le daba un aval de prestigio y de distinción frente a los demás grupos que se presentaban como «socialistas», sino también porque junto a este reconocimiento vino la ayuda económica de las organizaciones socialdemócratas europeas, especialmente del SPD, tan necesaria en unos momentos en los que había que montar toda la infraestructura material que necesitaba cualquier organización política.3 En este aspecto, la celebración en Madrid en los primeros días de diciembre de 1976 del XXVII Congreso del partido, el primero que realizaba en España desde 1932, se mostró como un acierto estratégico de enorme rentabilidad política. Aunque el PSOE era todavía y «formalmente» una organización ilegal, el Congreso contó con la presencia física de los principales dirigentes de la socialdemocracia europea –Brandt, Palme, Mitterrand, Nenni, Foot, Soares, entre otros–, y sirvió para señalar claramente la voluntad que tenían sus dirigentes de desempeñar un papel central en la vida política con un proyecto autónomo y claramente diferenciado en el seno de la izquierda del Partido Comunista y de los demás grupos que se autodefinían como «socialistas». Por último, este Congreso, que encontró una gran resonancia en los medios de comunicación, le permitió al PSOE presentarse ante el conjunto de la sociedad española con unas siglas de gran tradición histórica, pero con unos líderes jóvenes fuertemente respaldados por sus correligionarios europeos.
En este contexto, lo que decidió finalmente el liderazgo del PSOE en el seno del heterogéneo movimiento socialista español fueron los resultados de las elecciones generales de mediados de 1977, convirtiéndolo en el partido hegemónico en el seno de la izquierda y en la alternativa política a la UCD como principal fuerza de la oposición. Para completar la ruta hacia el Poder quedaba la moderación del discurso ideológico, una tarea en la que Felipe González llegó a jugarse todo su liderazgo y su prestigio político en el debate sobre el marxismo, que culminaría en el congreso extraordinario, celebrado a finales de septiembre de 1979.4
Todas estas cuestiones son las que se comentan y valoran en los cinco artículos que forman el expediente, poniendo en evidencia las heterogéneas situaciones de salida que presentaban las distintas organizaciones provinciales y regionales del partido, los inestables liderazgos que aparecen en los meses que siguen a la muerte del dictador y la desigual implantación orgánica que tienen estas. En el primero, el que Diego Caro dedica a la reconstrucción del partido en la Andalucía occidental se describe en primer lugar la forma en la que construyen las nuevas Agrupaciones Provinciales y los protagonistas de las mismas. A continuación se comenta la importancia que tuvieron las elecciones de 1977 para clarificar el mapa político general y el «laberinto» «socialista» en particular, y el aluvión de afiliados que llega a continuación, lo que permitirá crear la primera organización regional a finales de este mismo año. Se destaca también el liderazgo que el PSOE ejerce en todo el proceso preautonómico andaluz y el giro político «nacionalista» que imprime al mismo Rafael Escuredo. Por último, se describe el papel decisivo que tuvieron los socialistas andaluces en la resolución del congreso extraordinario de 1979 por la unidad sin fisuras con la que concurrieron al mismo, en contraste con las importantes divisiones internas que padecieron otras organizaciones territoriales, como las de Madrid, el País Valenciano o Cataluña.
A la reconstrucción del PSOE en la mitad oriental de Andalucía dedica su artículo Mónica Fernández. Frente a las formas desiguales con la que este proceso se da en las provincias de la parte occidental –con y sin militantes «históricos», el bufete laboralista o el activismo en el mundo de la enseñanza, en las provincias de Almería, Granada, Jaén y Málaga lo que hay en la constitución de estas reconstituidas Agrupaciones es una mezcla de militantes «históricos» y profesores universitarios, pero de distinta fortaleza como se pondrá en evidencia en las primeras elecciones de la democracia, con los mejores resultados de España para el PSOE en Málaga y Jaén frente a claras victorias de la UCD en Granada y Almería, un escenario que se verá reequilibrado en los comicios que tienen lugar dos años después, en 1979. También se señala la importancia que tiene en la provincia de Almería especialmente el proceso de integración PSOE-PSP y se hace un análisis de los perfiles biográficos de los dirigentes que asumen la dirección de las organizaciones socialistas en estos territorios.
Tres importantes rasgos tiene la reconstitución de la organización socialista asturiana analizada por Abel González en su artículo. En primer lugar, el importante peso de la tradición histórica a través de los niños de la guerra o los hijos de los vencidos presentes en la misma. En segundo lugar, la nula distinción que hay en estos primeros momentos entre la militancia en el Partido y en la UGT y, finalmente, la presencia que el «núcleo» sevillano que ya lidera el Partido tiene en este proceso asturiano con la apertura de un bufete laboralista incluido en Gijón. De todas formas, el personaje central de esta «transición socialista» en Asturias fue Rafael Fernández que llega del exilio mexicano. También como en Andalucía, el aluvión de militantes se produce inmediatamente después de las elecciones de 1977, cuando la FSA se convierte en el primer partido de la región, una situación que se consolidará en los dos procesos electorales de 1979, especialmente el municipal porque hará que los socialistas lleguen a gobernar el 65 por ciento de la población asturiana. Por último, se destaca en el artículo la relevancia que alcanzará la ponencia asturiana en el XXVIII Congreso del PSOE y la ofensiva que a partir del mismo va a desencadenar el SOMA –Sindicato Minero de la UGT– para controlar la FSA, lo que logrará plenamente gracias a la alianza que mantuvo con la dirección federal del PSOE, a través de las figuras de Fernández Villa y Alfonso Guerra.
En contraste con esta fortaleza del socialismo asturiano, más débil fue la reconstrucción de las organizaciones socialistas en Galicia, como pone en evidencia el artículo de Emilio Grandío. Los resultados de las elecciones de 1977 no pudieron ser más elocuentes en este sentido: un 15 por ciento de los votos y 3 diputados frente a 53 por ciento y 20 diputados que consiguió la UCD. Sin embargo, como en otros territorios, también aquí el número de militantes aumentó notablemente después de este proceso electoral, destacando ya la figura de Francisco Vázquez, como diputado por A Coruña, miembro del Comité Federal y primer gallego en la CEF del PSOE.
El proceso de integración de los restantes grupos socialistas en el PSOE también se da en Galicia, donde la entrada de un cualificado grupo de militantes del Partido Socialista de Galicia (PSG), además de fortalecer numérica y cualitativamente al PSdeG-PSOE, dotó a este de una mayor conciencia «galleguista», lo que crearía algunas tensiones internas en la cuestión estatutaria y en el proceso de formación de las candidaturas de cara a los comicios de 1979. Unas elecciones que también fueron decepcionantes para la militancia porque no se vieron satisfechas las expectativas que se tenían en ellas, una vez que había aclarado de siglas el espacio electoral socialista.
Este expediente se cierra con el artículo que Andrea Miccichè dedica al socialismo vasco en la Transición. Arranca del periodo de la clandestinidad bajo el franquismo para señalar la importancia que tienen en el mantenimiento de las entonces débiles estructuras del PSOE las figuras de Ramón Rubial y Nicolás Redondo; una organización casi limitada al feudo vizcaíno, entonces mayoritariamente obrero e inmigrante. Este panorama cambia en los primeros años setenta cuando se incorporan al partido un grupo de abogados y profesionales guipuzcoanos de clase media, entre los que sobresalen las figuras de Enrique Múgica y Txiki Benegas, que también participan activamente en el proceso de renovación del socialismo español plasmado en el congreso de Suresnes y con una mayor preocupación por la «cuestión nacional».
Los socialistas vascos, que habían llegado a colocar a cinco de sus miembros en la dirección del partido, celebran su primer congreso en la legalidad a mediados de marzo de 1977, eligiendo una dirección política que mezclaba juventud y veteranía, obreros y profesionales con Benegas al frente la misma. Esta renovación terminaba en éxito político en las elecciones de este mismo año cuando el PSE-PSOE se convertía en el segundo partido de la Comunidad Autónoma vasca, al conseguir el 26,5 por ciento de los votos y siete diputados, lo que va a permitir que Ramón Rubial se convierta en el primer presidente del Consejo General Vasco, gracias al apoyo de la UCD. Sin embargo, en 1979, dos años después, un nuevo escenario político marcado por el auge del terrorismo, el giro político en la «cuestión navarra» y los problemas que genera intentar combinar la cuestión nacional con la cuestión de clase debilitará notablemente la situación del PSE-PSOE haciéndole retroceder electoralmente, provocando la celebración de un nuevo congreso cargado de tensiones internas a finales de año.
En definitiva, lo que plantean los cinco artículos que componen este expediente es la heterogeneidad con la que se produce la reconstrucción de las organizaciones socialistas en los primeros años de la Transición, en función de distintas variables como la pervivencia o no de las mismas en los años de la clandestinidad, los liderazgos más o menos consolidados que emergen, las tradiciones políticas que arrastran o la competencia que le hacen otros partidos en la sociedades concretas en la que se desarrollan.
Diego Caro Cancela
Universidad de Cádiz
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