Desde las épicas peripecias de Ulises, el viaje de regreso a la patria o tierra natal, después de una travesía de penoso exilio e interminables vicisitudes, representa un mito cuyas raíces se arraigan profundamente en la cultura occidental. Si el verse forzado a abandonar abruptamente el lugar de origen constituye un fenómeno de consecuencias más complejas y dolorosas que las que se dan en toda migración voluntaria por causas económicas, el propio retorno no deja de revelarse, a su vez, como un nuevo viaje hacia lo desconocido, una experiencia en sí misma singular y para la cual el exilio mismo no sirve de propedéutica. El regreso del exiliado a un escenario al que, mucho tiempo atrás, tuvo que renunciar forzosamente, comporta una serie de reacciones complejas y efectos diversos, tanto en aquel que vuelve como en las personas de su entorno, generando, como es obvio, un impacto emocional en el contexto social correspondiente.
En el caso específico de la diáspora republicana de 1939, cuando mujeres, hombres y niños, además de intelectuales, artistas y científicos, se vieron constreñidos a abandonar España para salvar su vida, la vuelta del destierro coincidió, para la mayoría, con el clímax de un proceso público y político de naturaleza intrincada y quebradiza, como fueron los acontecimientos que jalonaron la Transición.
Tras la muerte de Franco, el retorno de los exiliados más ilustres no llenó solamente las páginas de los principales diarios sino que también algunos programas de televisión de la época, como ¿Quién es…?, A Fondo, Encuentros con las Artes y las Letras, alimentaron el imaginario y la conciencia colectiva de la normalización política, más aún la cultural, que se estaba produciendo. Del hechizo mediático e interés del público de la época dan fe los numerosos libros de memorias que se publicaron, casi siempre con éxito de ventas y gran impacto, durante los primeros años del posfranquismo, por no hablar de la insólita presencia del tema en las películas de la época –como Volver a empezar, de José Luis Garci, que fue la primera película española en ser galardonada con el Óscar. Dicho lo cual, pocos fueron los casos en los que el regreso significó, más allá de los buenos propósitos y las manifestaciones de afecto, una reintegración profunda en las instituciones políticas, culturales o académicas del nuevo régimen democrático. En general, los medios de comunicación españoles entendieron el retorno de los exiliados como uno de los más potentes e inmediatos símbolos iconográficos de la libertad recién alcanzada. El exiliado, extraño y desconocido para la España franquista, fue idealizado, admirado, estereotipado: su figura adquirió los perfiles de un sujeto prestigioso capaz de fascinar en el plano emocional (no en el político) a los más jóvenes, y cuya elogiosa ponderación se basaba en atributos más míticos que actuales.
En consecuencia, resulta cuando menos sorprendente el hecho de que a día de hoy la historiografía no haya demostrado todavía un interés
6
global sobre el impacto político y cultural que tuvo el reflujo del exilio republicano en la Transición. Es cierto que existen notables excepciones, empezando por el volumen colectivo Retornos,2 coordinado en 1999 por Josefina Cuesta Bustillo, así como los estudios de Inmaculada Cordero Oliveiro acerca de la lectura de la Transición por parte del exilio mexicano,3 o la más reciente contribución de Mónica Fernández Amador y Emilia Martos Contreras, y de los coloquios organizados por la Cátedra del Exilio;4 además, desde una perspectiva más literaria, el GEXEL celebró en noviembre de 2013 un congreso sobre el retorno de los principales intelectuales republicanos exiliados.5 Tampoco podemos olvidar aquí, en fin, los extraordinarios trabajos de pioneros como Manuel Aznar Soler6 y Jordi Gracia.7
Sobre esta base, el presente monográfico de Historia del Presente nace con la intención de profundizar, o al menos introducir en la arena del debate, algunas de las cuestiones que el regreso de los exiliados, en concreto el de los intelectuales republicanos, supuso para el proceso de reconciliación nacional acontecido en España tras la dictadura franquista. La elección del exilio intelectual no es casual. A la circunstancia, bien conocida, de que una parte significativa del exilio desplegase (y con óptimos resultados) actividades culturales de relieve internacional, hay que añadir, en segundo lugar, la importancia de la figura del intelectual, cuyo rol, en nuestra opinión, ocupa siempre una posición central a la hora de analizar las modalidades de recomposición de un tejido público democrático.
El volumen toma como punto de partida la observación de Jordi Gracia de que «la sociedad del final del franquismo y de la Transición desoyó las llamadas de las élites intelectuales y culturales al valor del exilio».8 En una transición erigida sobre la retórica de la modernidad y el futuro, de la enervación ideológica y la superación de las fracturas provocadas por la guerra, parece indudable que la dimensión cultural del exilio, aparentemente menos conflictiva que la herencia política republicana, fue la que se impuso, ocasionando el desplazamiento de los exiliados a la irrelevancia o marginalidad respecto del conjunto de decisiones concretas que definieron el rumbo político de la Transición.
Por lo demás, es fácil comprender que los hombres y mujeres que fueron obligados violentamente a abandonar su lugar de origen no eran ya las mismas personas en el momento de regresar, así como tampoco el país al que volvían permanecía idéntico. Esto es así en un grado mayor, por supuesto, cuando se trata de exilios de larga duración, como precisamente fue la característica dominante del destierro republicano. Con todo, no es posible cerrar la cuestión con una simple condena de la escasa presencia política del exilio republicano durante la Transición. Nunca, como en este caso, son tan necesarios los matices. Se hace necesario no caer en la tentación de continuar fosilizando la categoría de exilio republicano en una rúbrica más estereotipada que real. Es hora de superar la idea de un «exilio sin fin» para sacar a la luz, en cambio, las muchas y variadas, así como indirectas, aportaciones del mismo a la democracia española. Al mismo tiempo, resulta fundamental escudriñar las instrumentalizaciones de las que fue objeto por parte de las diversas facciones políticas en liza, que contribuyeron a sedimentar la cultura política del nuevo régimen democrático sobre la base de una articulada relectura de la cultura republicana y antifranquista. Relectura que, insistimos, estuvo determinada a grandes rasgos por un interés de enervación ideológica.
Lo cierto es que uno de los rasgos dominantes del exilio fue su heterogeneidad intrínseca. Una pluralidad de posiciones perceptible tanto en el momento de afrontar la vuelta como a la hora de optar por una u otra línea de actuación en el nuevo Estado. Esto explica la diferente capacidad de penetración pública de cada exiliado, así como el grado de acogida por parte de la sociedad, que fue muy distinto según el caso. Muchos exiliados –tal vez la mayoría–, Max Aub entre ellos, vivieron la experiencia del retorno
7
dominados por una especie de distanciamiento. En su condición de supervivientes, sintieron el peso, tantas veces insoportable, de reorganizar sus propios afectos a partir de las recientes circunstancias políticas y sociales: se descubrieron nuevas realidades mientras otras se perdían de forma irremediable, y todo ello tenía lugar no sin lacerantes conflictos internos. Fijémonos en el caso de Rafael Alberti, quien desde Roma volvió a Madrid tras la legalización del PCE en la primavera de 1977. Célebre es la frase con la que Alberti regresó a España: «Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta en señal de concordia entre todos los españoles».9 Asumiendo plenamente, como el propio Partido Comunista, la retórica serena y apaciguadora de la transición, Alberti llegó a convertirse, probablemente, en el símbolo por excelencia del exiliado republicano que, anhelante, volvía a la patria para reencontrase con un pueblo que parecía finalmente encontrar su normalidad democrática. Alberti fue elegido diputado del PCE por la provincia de Cádiz; pero, sin solución de continuidad, dimitió de su puesto a favor del número dos de la lista, un líder campesino andaluz. En la Arboleda Perdida, una de las numerosas memorias publicadas durante la Transición por quienes se habían tenido que ir del país, Alberti transmite una cierta nostalgia por la España del pasado, coincidiendo en esta visión con otros muchos exiliados: las bases militares estadounidenses, la destrucción de la casa familiar donde había trascurrido la niñez añorada, las grandes transformaciones urbanísticas y, en definitiva, los mayestáticos cambios sociales de la época fueron fenómenos no siempre fácilmente digeribles por los republicanos.
Aunque es verdad que todos los exiliados, de una u otra manera, desearon o aspiraron al regreso,10 también es cierto que ese desandar los pasos del destierro no estuvo exento de aflicciones ni congojas. La monografía de Jorge del Hoyo Puentes se centra precisamente en la explicación de las dificultades inherentes al regreso de dos intelectuales/políticos de ARDE (Acción Republicana Democrática Española) pertenecientes a dos generaciones distintas, como fueron Victoria Kent y Francisco Giral. El autor concluye que la retórica de consenso de la Transición dejó fuera, aunque fuese de manera indirecta, a la mayoría de actores políticos e intelectuales de uno de los más importantes proyectos de modernización y democratización que hubo en España, como fue el de la Segunda República.
El texto de Olga Glondys describe, por su parte, un «no retorno»: el protagonizado por Julián Gorkin, exmiembro del POUM, quien durante buena parte de su vida mantuvo una estrecha relación con algunos organismos internacionales, siendo además uno de los responsables de Cuadernos para La Libertad de la Cultura, una publicación financiada –como más tarde se supo– por la CIA dentro de las dinámicas que definieron la Guerra Fría. Gorkin trabajó incesantemente para reavivar el diálogo y la reconciliación entre el exilio y la oposición antifranquista, pero cuidándose mucho de dejar fuera de tal entente tanto a quienes seguían permaneciendo fieles al régimen como a los comunistas. A pesar de que semejantes principios concordasen perfectamente con la lógica cultural de la Transición, tampoco Gorkin, tras la muerte de Franco, pudo aglutinar ni convertirse en un referente atractivo para las generaciones más jóvenes de españoles, las verdaderas protagonistas del desarrollo democrático, y fue desplazado de cualquier forma activa de política.
Francisco Ayala representa un caso contrario al de Gorkin, como intento explicar en mi ensayo, gracias a un retorno físico y editorial escalonado en el tiempo y basado en la observación intelectual y no en la intervención ideológica. De esta manera, Ayala se nos muestra como uno de los escasos exiliados que, de vuelta en el país, es capaz de mantener una destacada posición pública como analista imparcial de la democracia. Ciertamente, la aguda y cosmopolita capacidad de observación sociológica del escritor granadino, su lectura del exilio radicalmen8
te exenta de todo prurito reduccionista y de cualquier fruición nostálgica, y, en definitiva, su deseo sincero de contribuir con una aportación cultural a la democracia, fueron elementos que explican la feliz integración de Ayala en la España posfranquista.
Conviene recordar una vez más que la España que alborea en la década de los setenta enraíza buena parte de su imagen democrática en el humus cultural y, más concretamente, en la decisión de rehabilitar el exilio republicano y su herencia científica y humanística. De alguna forma, como estudios recientes han evidenciado,11 la vuelta de los exiliados fue objeto de un tratamiento mediático uniforme cuyo interés último era el de fomentar la cohesión social y la identificación de los ciudadanos, quienes, a su vez, debían reflejarse emocionalmente en el espejo –liberal surtout– de «estos grandes españoles» que retornaban.
Con el paso del tiempo y la propia consolidación de la democracia surgieron auténticas «industrias de la recuperación», en condiciones de reivindicar la cultura republicana de la Edad de Plata. A su manera, estas industrias han propiciado –a nivel estatal, pero también regional e incluso local, a menudo con dolorosos conflictos recíprocos– el desarrollo de una «memoria banal», ingrediente clave del nacionalismo «banal» del que ha hablado el sociólogo Michael Billig.
El artículo de Felipe Nieto analiza los retornos «intermitentes» de Semprún a España y su progresiva apuesta por la vía reformista de la tradición socialdemócrata europea. Semprún, de hecho, fue uno de los pocos exiliados retornados que ocupó cargos políticos públicos: ministro de Cultura en el tercer gobierno de Felipe González favoreció por todos los medios la convivencia en una España diversa y culturalmente plural –y no sin costes personales– invocó siempre el debate dentro del proyecto socialista.
Este volumen, en fin, se propone poner sobre la mesa algunas ideas para futuras investigaciones. En el porvenir, la visión del exilio y de su fase final tendrá que aplicar de forma creciente enfoques internacionales, vinculando la aportación del exilio a la Transición con su función de vector y promotor de categorías culturales no localistas sino cosmopolitas, visiones en definitiva capaces de superar la asfixia franquista. Solo así –salvando los estereotipos que, desde el victimismo o el afán nivelador, se han ido sedimentando con el tiempo– será posible apreciar en toda su dimensión y en sus múltiples especificaciones el retorno de los exiliados a la España democrática.
Giulia Quaggio
Valoraciones
No hay valoraciones aún.